El Enigma de Chirico

El ambiente de “Enigma de una tarde de otoño” (1910) es cálido y el espacio acoge al artista y al espectador. Sin embargo, ciertas señales ambiguas perturban esa relativa calma: dos portales oscurecidos; una estatua casi andrógina y sin cabeza; y dos figuras diminutas con vestimentas antiguas en pose de Adán y Eva en el momento de la expulsión:

“Una mañana clara de otoño estaba sentado en un banco en medio de la Piazza Santa Croce en Florencia. […] no era la primera vez que había visto esa plaza. Había salido hacía poco de una enfermedad intestinal larga y dolorosa, y estaba en un estado de sensibilidad casi morboso. Me parecía que el mundo entero  estaba convaleciente. […] Luego tuve la rara impresión de estar mirando estas cosas por primera vez y la composición de mi pintura vino al ojo de mi mente. Ahora, cada vez que miro esta pintura, veo aquel momento de nuevo. Sin embargo, aquel momento es un enigma para mí, porque es inexplicable. Y también a la obra que surgió de él me gusta llamarla un enigma”. [De Chirico, “Meditations of a Painter” [Meditaciones de un pintor] (1912), en Theories of Modern Art, op. Cit. P. 397-398. Citado en Foster, H., Belleza Compulsiva, A. H. Ed. P. 118]

G. De Chirico “Enigma de una tarde de otoño” (1910)

El espacio de el Enigma de 1914 amenaza al artista y al espectador con su perspectiva extrema, y una arcada empinada somete nuestra mirada y la dirige hacia la estatua patriarcal que domina la escena; mientras tanto, las figuras de Adán y Eva están excluidas casi completamente de la escena. [Op. cit. p. 125]

G. De Chirico “Enigma” (1914)

“Me acuerdo de un vívido día invernal en Versailles […]. Todo me miraba con ojos misteriosos y cuestionadores. Entonces me di cuenta de que cada rincón del lugar, cada columna, cada ventana, poseía un espíritu, un alma impenetrable. Miraba a mi alrededor, a los héroes de mármol, inamovibles en el aire lúcido, bajo los rayos congelados de ese sol de invierno que se vierte encima nuestro sin piedad […]. En ese momento tomé conciencia del misterio que impulsa al ser humano a crear ciertas formas. Y la creación me pareció más extraordinaria que todos los creadores […]. Tal vez la sensación más asombrosa que nos ha dejado el hombre prehistórico es la del presentimiento. Continuará para siempre. Podríamos considerarla una prueba eterna de la irracionalidad del universo. El hombre original debe haber deambulado por un mundo lleno de signos siniestros. Debe haber temblado a cada paso. [De Chirico, “Mystery and Creation” [Misterio y creación], en Theories of Modern Art, op. cit., p. 402. En ese momento me pareció que ya había visto este palacio, o que este palacio alguna vez, en algún lugar, ya había existido […]”. (En The Autobiography of Surralism, op. Cit,. P. 9). Citado en Foster, H., Belleza Compulsiva, A. H. Ed.P. 125].

 

 

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